lunes, 9 de diciembre de 2013

Porque quiero quedarme



Porque quiero quedarme es la respuesta que más he repetido en los últimos meses (en realidad años ya…) a la pregunta de por qué no te vas fuera otra vez, estando las cosas como están aquí. Ya no me planteo a corto plazo una estancia en un país extranjero, el que sea, porque actualmente tengo más motivos para quedarme que para irme. 

No es que me haya ido mal fuera, todo lo contrario, pero hay alrededor del fenómeno migratorio –por necesidad, no por placer- una serie de mitos e idealizaciones que no se corresponden necesariamente con la realidad.

Es cierto, al menos en mi caso lo fue, que pasar una temporada trabajando (en el caso de los estudiantes es tema para otro día) en otro lugar es una experiencia vital trascendental. Pero no a todos los niveles. Desde un punto de vista cultural, de usos y costumbres, es única y reveladora. Si además entran en juego factores como un idioma, o más, distintos, las fronteras se hacen muchísimo más lejanas.

Ahora bien, el aspecto personal es distinto; el núcleo más cercano de familia y amigos se queda aquí, y fuera vas a conocer a nuevas personas y establecer nuevos vínculos muy gratificantes, pero a convivir con la nostalgia y la añoranza hay que aprender; a veces el precio a pagar no compensa, otras, evidentemente, sí; para casos, colores que diría aquel.
Que el currículo se vaya a ver reforzado y vaya a adquirir un valor añadido… Pues sí… pero con matices. Si la ocupación a desempeñar en destino completa el perfil profesional seguramente sí, pero si es de algo completamente ajeno… Preparad respuestas ingeniosas y válidas en entrevistas de trabajo porque casi nadie suele tender a relacionar y comprender algunas causas. Dependiendo además del entorno… si es internacional o no, va a ser difícil lidiar con la idea del que viene de fuera a trabajar aquí. Tantos prejuicios como tenemos sobre las demás nacionalidades tienen sobre la nuestra, y en muchos casos se cumplen, colaboramos sin querer en que se mantengan los estereotipos.

No estar en casa tiene tanto aspectos positivos como negativos. Los horarios, el modo de relacionarse, de quedar, de entrar y salir, de ocupar el tiempo, es distinto. Tratar de seguir al ritmo que uno tenía antes de la mudanza es querer darse cabezazos contra la pared, no querer adaptarse al lugar en el que se está es sembrar el caldo de cultivo de la insatisfacción. Adoptar un nuevo modo de alimentarse, de hablar o de desplazarse para las tareas cotidianas no es desarraigo, y tampoco es integración, es básicamente supervivencia. Rechazar por sistema todo lo que es nuevo, despreciarlo en muchos casos porque nosotros hacemos las cosas de otro modo, es la actitud adecuada para autoexcluirse; y el refugio en el grupo del resto de españoles es temporal y transitorio, por motivos que también son tema a ampliar otro día.

Por conformismo, por miedo, o por desinterés, dejar pasar la oportunidad de vérselas con uno mismo fuera es tan poco recomendable como liarse la manta a la cabeza e irse a toda costa. Suele haber términos medios, y opciones ajustables a cada uno y sus circunstancias. Tan respetable es no irse nunca como irse y volver o como marcharse sin billete de vuelta. En todos los casos, se aprende a determinar a quién se dan explicaciones, no todos las merecen.


Autora: Susana Juan  
Twitter:@susaranda

No hay comentarios: