domingo, 8 de diciembre de 2013

Cruces




Quizá cuando uno lleva el corazón abierto y pendiente de lo que sucede en el entorno tiene más ocasiones de ver aquello que ocurre y reviste cierto interés. 

Puede que estos días invernales, con algún festivo incluso, ayuden a que veamos un poco más allá de las prisas cotidianas. El caso es que, con más tiempo para uno mismo, si así lo deseamos, para mirarnos en el espejo, para hacer visitas culturales, para apreciar un buen libro, para mitigar el estrés perdiendo las horas en todo y en nada…, el caso, digo, es que uno parece descubrir, o destacar, o destapar, o lo que sea, esa textura que está a tiro de piedra, pegada a nosotros, a pocos metros o kilómetros, y que, por arte de casi magia, nos da las señas de una identidad que creíamos dormida, perdida o ausente.

Sí, uno pasea por la calle, o por la playa solitaria, o por la esquina de hace años, o por ese jardín tan próximo como bonito pero que apenas visitamos, o, sencillamente, recibe un correo de alguien que nos entronca con sueños que tuvimos, con personas que significaron algo, con elucubraciones que nos brindaron fuerzas y hasta estandartes para acercarnos a realidades que no se dejaron vencer con facilidad…, y, cuando de esta guisa acontece, todo parece diferente, mejor, en su sencillez más hermosa. 

Uno va por ahí, y acaece: así de fácil se produce ese milagro que nos ubica o recoloca, en nuestro sitio vital, y que nos dice lo que fue, lo que pudo haber sido, lo que nos ilusionó y casi fue mejor que no pasará. Es más sencillo enarbolar batallas que nunca se produjeron o que no se agotaron. Les podemos poner, de este modo, las caras que queramos.

La existencia regala, de vez en cuando, la fortuna de unos cruces singulares con los que, si aún conservamos fuerzas y complicidades espirituales, podemos llenarnos de entusiasmo para seguir adelante. Con los años, y es normal, todo parece más simple. Incluso lo importante se localiza mejor, se detecta de formas más óptimas y con más azar. Todo se entiende cuando nos sentimos preparados para ello. Los mestizajes o los maridajes del destino nos ofertan unos “holas” renovados que saben a comienzos auténticos. 

Percibir los valores
Tenemos más valores de los que a menudo apreciamos. Nos damos cuenta de ello cuando aparecen gentes que nos recuerdan quiénes fuimos, para quiénes, y cuáles fueron nuestros afanes juveniles, si acaso también infantiles; y nos hacen, por ende, rememorar que, en la vida, la salud y el querer son los baluartes más relevantes que hemos de ondear en la corta, en la mediana y en la larga distancia. 

Así, pues, aprovechemos cuando determinadas personas aparezcan como “por milagro”, efímeramente, en segundos de placeres espirituales que sabemos que no se repetirán: nos alegrarán las horas, los días y puede que algunos meses. Probablemente pasen otras largas temporadas antes de que nos veamos o crucemos con ellas. Hagamos lo que esté en nuestra mano para aprovisionarnos de energía. Sin esperar nada, ni siquiera el desarrollo de estas ocasiones a las que aludimos, nos aseguraremos, más tarde, que mereció la pena el trecho andado, y así nos lo subrayaremos, como nos sentiremos orgullosos de lo que supusimos, de lo que soñamos, de lo que dijimos, de lo que realizamos, de lo que no llegamos a efectuar, en definitiva de lo que fue nuestra vida, y todavía es... 

En cualquier estación del año, nos complacen estos cruces, que nos enseñan un poco más quiénes somos. Cosas, quizá, de este frío invierno que tanto nos hace elucubrar…



Autor:  Juan Tomás Frutos

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