sábado, 23 de noviembre de 2013

Urge corregirnos

sociedad, mundo, pobreza, riqueza



El cosmos se ha vuelto muy complejo. Lo suelo repetir, y creo, cada vez más, que es parte del problema, sobre todo porque no vemos que hemos perdido, con la controvertida transformación que protagonizamos, los universales con los que hacer frente a la crisis en la que nos hallamos. 

Puede que sea una consecuencia de las prisas, de las búsquedas a corto plazo de lectores o de audiencias en general, según los formatos y/o soportes, pero, en algunos casos, hemos de ser un poco más serenos, tranquilos y equilibrados. No daré rodeos. Pido, por favor, prudencia, mesura, que pensemos en la victimización que se produce cuando vertemos en los medios de comunicación estampas de puro dolor, de necesidad, de desolación. 

Me duelen esas imágenes de un hambre y de una sed que no cumplen con el mandato evangélico de saciar al necesitado. Me apenan también porque estoy convencido de que hay soluciones objetivas, y me llenan de pesar porque aún hay muchos más criterios subjetivos para que esto no suceda. El mundo ofrece perspectivas que son frutos de un egoísmo exacerbado. 

Creo que lo que más comunica en un ser humano es su pasión, su mirada, su corazón a través del rostro, pero ¿cómo comunicar cuando uno está entregado física, mental y espiritualmente, cuando la muerte asoma de manera irremediable? Hay ojos que nos rompen en mil pedazos.

Se habla, ante determinados eventos, incluso los previsibles, de cifras de muertos, que lo son ya, de posibles muertos, de infinitos muertos, de porcentajes que dan escalofríos, que me devoran por dentro y me envuelven por fuera con la impotencia de las contradicciones del ser humano.

No entiendo por qué se calcula lo evitable, por qué no se para la maquinaria de la muerte cuando las soluciones a las carencias o deficiencias existen en otras partes del globo terráqueo. No comprendo la ignominia que nos rodea por la acción u omisión a la hora de evitar todo esto.

Contradicciones

Espanta que estemos en la Luna, que viajemos en artilugios que valen miles y miles de millones de euros, que paguemos lo intangible del sistema financiero con interminables cantidades que saben a locura, y, sin embargo, gentes honradas, normales (especialmente los niños, los más débiles), mueren de hambre, de sed, por la falta de medicinas, por la soledad doble que supone dejarlos a un destino cruel que nadie se ha ganado, que, ni siquiera a sabiendas, nadie se podría o se debería ganar.

Entretanto, mientras hablamos, mientras escribimos, siguen muriendo, siguen palideciendo, siguen cayendo en las redes de una Parca que encuentra excesivos aliados en las pesadillas de este Valle de Lágrimas consentidas y estériles. Hemos de recordar que éstas son historias reales, tan duras como trágicamente sucedidas más cerca de lo que pensamos. 

Sí, mueren, y ya no sabe uno qué hacer o qué decir, excepto que todos somos conscientes de que este mundo sin ellos, sin los que hemos condenado injustamente, es bastante peor. Bastante. Tengamos en cuenta, por la dignidad de todos, que hay mucho tras esas imágenes que proliferan en los medios periodísticos, esto es, esos “condenados” son mucho más de que lo a priori muestran. Merecen todo nuestro respeto. El ser humano (quizá menos humano en esto) tiene contradicciones que urge corregir. Nos va el futuro en ello.


Autor:  Juan Tomás Frutos

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