domingo, 24 de noviembre de 2013

Quiéreme para que me quiera



La información que uno tiene de si mismo no es la autoestima, es lo que se conoce como “autoconcepto”. La autoestima es la forma en la que valoramos ese concepto. 

Ante una misma información, como por ejemplo que la gente se ría cuando uno habla, la interpretación puede ser muy distinta. Uno podría pensarse divertido o gracioso, pero otro podría sentir que está haciendo el ridículo, o que los demás no le toman en serio.

La autoestima, se va formando desde la infancia, en base a la información que nos han transmitido, a la interpretación de esa información y a la valoración propia y por parte de los demás. Por ejemplo, ante las continuas riñas entre los padres, un niño puede interpretar que están enfadados con él, es decir, culparse de la carga emocional negativa que observa en ellos.

Cuando comenzamos una relación de pareja, no lo hacemos solos, sino acompañados de un equipaje experiencial, en el cual se incluyen expectativas, ilusiones, decepciones, miedos, buenas y malas experiencias, virtudes y carencias, educación, cultura, etc. Por eso a veces no resulta fácil engranar nuestra vida con la de la otra persona, que por supuesto arrastra un bagaje distinto al nuestro.

La autoestima, es decir nuestra forma de valorarnos influye también en la forma en que vivimos el amor de nuestra pareja y hacia nuestra pareja. Cuando uno no se ama a sí mismo puede tener dificultades para recibir el amor de otra persona, con lo que las muestras afectivas de ésta nunca son suficientes. Por ejemplo, los celos muchas veces vienen por la propia inseguridad proyectada en la pareja, “confío en ti pero no en los demás,” “no me gusta que te miren, te quiero sólo para mí.”.

La dependencia y el chantaje emocional también son características de una necesidad afectiva: “no puedo vivir sin ti”, “si me quieres no hagas esto o aquello.”

Cuando uno tiene carencias afectivas no satisfechas también se ve limitado para dar amor. La admiración es una característica de las parejas felices, el poder animar y apoyar de forma positiva. La persona insegura, tiene miedo de apoyar al compañero o compañera en su propia autonomía. Vive como amenazas cualquier cosa que exija la dedicación del cónyuge. Por eso, en lugar de ofrecer apoyo, muchas veces expresa sus miedos.

Hemos de entender que para que el amor se mantenga a lo largo del tiempo, éste necesita ser alimentado por una constante reciprocidad: dar y recibir. La persona que asume un rol de “salvador”, “víctima” o cualquier otra postura que rompe la cadena de dar y recibir, generan dinámicas destructivas en la relación.

En la forma de comunicarse, a menudo la falta de autoestima se expresa en dos vertientes:

  • Pasivo: tiende a conformarse, evita el conflicto y cede ante la imposición.
  • Agresivo: trata de controlar y de imponer su punto de vista, vive como una amenaza la disensión, tiende a ser poco tolerante e intransigente.
  • También se puede dar un tercer caso: pasivo-agresivo, según la situación o personas, reacciona de una forma u otra.

La persona con una autoestima sana posee la habilidad de comunicarse de forma asertiva, es decir, expresando su opinión de manera abierta y segura, ejerciendo sus derechos sin pisotear los de los demás.

Como dicen algunos sistémicos, somos víctimas de víctimas, y por lo tanto nadie pasa ileso por las relaciones de la vida. Lo importante es conocer nuestras carencias afectivas y entender nuestros miedos para poder desmitificarlos. No vivir proyectando en la pareja lo que en realidad es una limitación nuestra.

Aceptarnos y valorarnos es el primer paso para poder amar a otros y recibir su amor. Implica un apoyo más allá de nuestras virtudes, que incluye ser amados aún a pesar de nuestras limitaciones, y que éstas sean sólo temporales, como parte de un proceso de aprendizaje


Autora: Anna Gil Wittke

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