sábado, 16 de noviembre de 2013

La crisis y el paro

desempleo, paro, sociedad


El universo se ha vuelto muy complejo, y tenemos, pese a ello, que hallar soluciones a las lacras reales de la sociedad, como es el paro. 

El problema que tenemos en la actualidad (uno de ellos) es que nos movemos con estereotipos, con imágenes que saben a tópico y que, por lo tanto, no vehiculan las cercanías que nos deberían proporcionar las soluciones que podemos considerar más solventes ante las dificultades que recurrentemente vamos enumerando. 

Así, hablamos de parados con un mareo de cifras, cuando, ciertamente, hay mucho detrás de ellas, en ellas mismas: se trata de seis millones de ciudadanos/as que quieren trabajar, que necesitan trabajar, que quieren ser personas contribuyendo a la sociedad, fomentando su formación, mejorando sus estados anímicos y profesionales, sus posibilidades internas y externas; y, sin embargo, el sistema no les deja. 

Los problemas derivados de los defectos, de las carencias, de la falta de algo, son aún más preocupantes que los excesos. Recordemos que todo lo que no defienda el punto intermedio no sólo produce injusticia sino que genera también una constante de duda que se puede traducir en nefasta costumbre por hábito o por aceptación de una realidad que, en éste como en otros casos, no tiene nada de tolerable.

Mirar a los ojos a un parado, empatizar con él, y, sobre todo, darle una solución rápida, esto es, un modo de vida estable, es la base para que el sistema económico se humanice y para que, por lo tanto, sea más democrático, realmente democrático. No lo puede ser, no lo es, cuando hay desniveles, cuando unos tienen más que otros en aquello que interpretamos como esencial (en este caso que nos ocupa, un puesto de trabajo, una razón profesional, un modelo de vida).

Tampoco dejemos de lado el alto coste que genera para el sistema esta trágica coyuntura cuando, por poner un ejemplo, un universitario con una gran formación de postgrado no encuentra un puesto mediante el cual poder devolver a la sociedad el gasto que, entre todos, hemos efectuado. 

Entramos en crisis cuando el planteamiento de abonos es superior al de ingresos. Es obvio. No obstante, y pese a lo claro del racionamiento, no reparamos el tiempo necesario en aquello que gesta, por disparate y desperdicio, el hecho de que los mejores años de una generación se hayan utilizado para incrementar su preparación y sus conocimientos sin que luego se utilicen de manera oportuna. No se entiende que no lo evitemos.

Catástrofe
Sumemos a ello, claro está, el drama personal, la catástrofe humana, el padecimiento familiar e, igualmente, la carencia de oportunidades para el desempleado y su entorno cuando éste abandona de modo perenne y alargado el ecosistema económico. Tener en cuenta esto todos los días con el afán de una mejoría estable y dinámica debería ser el motivo principal de nuestras vidas, sea cual fuere nuestro menester y/o nuestra coyuntura. 

Sé que no hay fórmulas mágicas para solucionar la crisis, y que hace falta un consenso y una aceptación de pactos entre todos para afrontarla con contundencia. Pensemos, sin embargo, que para esos millones de parados hay que encontrar estructuras laborales ya. Al menos, en lo que todos tenemos que estar de acuerdo es en que, con su padecimiento, con la injusticia que sufren, éste es un mundo bastante peor para el conjunto de la sociedad. Meditemos.


Autor:  Juan Tomás Frutos

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