sábado, 30 de noviembre de 2013

Comunicar valores



Marean los números, pero están ahí. La existencia humana está rodeada de un gran número de circunstancias que a menudo hay que objetivar para entender lo que ocurre, e incluso para comprender lo que no sucede. 

Un niño, un infante de menos de 14 años, contempla al año unas 9.000 horas de imágenes con un contenido claro y pernicioso de violencia, de “alta violencia” podríamos decir. Algunos informativos emblemáticos de la televisión contienen hasta un tercio de noticias basadas o relacionadas con acontecimientos o hechos definidos por el conflicto, por los llamados sucesos. 

Es únicamente, este dato, una muestra del modelo televisivo vigente, al que se suman el resto de medios de comunicación de no tanto impacto anímico y cuantitativo. Tampoco la sociedad contribuye a paliar el asunto: más de un millón y medio de jóvenes, de las edades señaladas, están contemplando la televisión mucho más allá de las 22:00 horas, cuando ya no hay una protección por Ley y cuando las programaciones son, evidentemente, poco edificantes.

Por otro lado, no solo cabe hablar de la violencia: hay que referirse, asimismo, a contenidos poco adecuados para las audiencias que, potencial y realmente, consumen algunas “nuevas”, como decimos, poco recomendables. Me refiero concretamente a las imágenes relacionadas con el sexo o con actuaciones poco éticas, que también aparecen en las franjas de mayor consumo en busca de la rentabilidad de unos contenidos que, a menudo, poco tienen que ver con esa función de servicio público que todas las empresas periodísticas deberían albergar (por ley, la tenían hasta ahora). Lo malo es que este argumento se esgrime, pero no se respeta.

Encender la televisión es ver suicidios, controversias, gentes vociferando, imágenes agresivas, guerras, pandemias, modelos económicos en puro conflicto, desarrollos desorbitados, consumos estruendosos, motivaciones desequilibradas, opulencias en contraste con marginalidades, etc. Hay un compendio de informaciones que, sin su debido contexto, llegan a hacer daño, y, desde luego, pocas veces se entienden. Falta o sobra de todo, sin mesura ni quietud.

Las prisas, las búsquedas de mayores audiencias y el deseo de llegar los primeros, siempre los primeros, con los impactos visuales y/o noticiosos más fuertes producen distorsiones. Experimentamos en exceso el aserto de Marshall McLuhan, en el sentido de que “el medio es el mensaje”. Creemos que ahora es así con más ahínco, por desgracia, más que cuando se enunció esta aseveración, allá por los años 70. 

Como quiera que la precipitación y la competencia atroz nos conducen a una coyuntura profesional y empresarial, en el mundo periodístico, que necesita un análisis y puede que alguna revisión, nos planteamos la necesidad de unos constantes encuentros mediáticos sobre Comunicación y Ética que vislumbren los derechos de la sociedad. La idea es abundar en ello, en más cuestiones comprometidas, y, fundamentalmente, llegar a algún tipo de conclusiones que nos sirvan a todos. Juntos, compañeros y compañeras, siempre podemos, y, además, debemos. No dejemos que nos convenzan de lo contrario. Hay mucho, demasiado, en juego. Si algo nos puede salvar en esta crisis, de ella misma, es la relación y la comunicación desde los valores.


Autor:  Juan Tomás Frutos

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