sábado, 5 de octubre de 2013

El llanto de un niño



No conozco a nadie de mi entorno que soporte a un niño llorando. Existen algunos desalmados con esa capacidad, pero, afortunadamente, no los veo en mi ecosistema inmediato. No obstante, confieso que, de vez en cuando, nos tropezamos con personas a las que no les importa ver al mundo llorar. 

Parece que incluso disfrutaran con ello. Procuro decir que no las reconozco, porque, ciertamente, es así, pero están ahí, causando fracturas, y expresándonos lo poco que les importan los avatares humanos, sociales, naturales…

Particularmente cuando hablamos de desigualdades hemos de pensar en los niños que lloran. ¿Por qué lloran los niños? Lloran porque tienen hambre, porque padecen enfermedades, porque les golpean, porque están llenos de soledades y de ausencias, de imperfecciones del sistema establecido, de miedos, de dolor, de carencias y de malas creencias, de penas, de muerte, y hasta de esclavitud.

¿De esclavitud? Sí, y en pleno siglo XXI. Fíjense como no hemos avanzado tanto cuando decimos y constatamos que aún mantenemos esa lacra. A las guerras, la falta de alimentos, las patologías, las desigualdades, hemos sumado, como un maldito apéndice de las contradicciones humanas, la esclavitud de los más pequeños, que los usamos para que los productos que pueden confeccionar o acarrear sean aún más baratos para ese modelo que hemos creado de supuestos “costes-beneficios”.

¿Y cómo podemos, en el llamado Primer Mundo, soportar los llantos de los niños esclavos del resto de la Tierra? Porque nos hemos tapado los ojos y hemos colocado barreras para no verlos ni escucharlos. Es terrible. Cada día se venden en nuestro entorno, en nuestro país o en otros, productos que salen de la obligada sumisión de millones de seres humanos, que son tratados como animales y que nos deben doler por sus manos entregadas, por lo que tienen, por aquello de lo que carecen, por esas economías hechas a imágenes surgidas de esta injusta crisis que nos devora por y para crecimientos extraños.

Si cada jornada viéramos o atendiéramos de verdad las voces y las miradas de los niños y niñas en pena, entre otras circunstancias por la esclavitud que padecen, nos romperíamos en mil pedazos por el atropello que supone para la dignidad humana, para suya, la de ellos y ellas, y la nuestra, pervertida por ignorancias supinas a las que nos condenamos por no hacer nada, por no querer hacer lo suficiente.

Fragilidad 

No hay nada más frágil que la infancia, y todo ocurre en ella, lo bueno y lo malo. Cuando las experiencias son negativas, cuando atacan sus esencias y opciones, cuando devoran las ocasiones de unas existencias truncadas, todos somos un poco más pobres hasta en lo espiritual, todos perdemos una parte de dignidad y de honor. No siempre advertimos que es nuestro deber, nuestro gran deber, el superar la maldad y los actos malos, así como las desgraciadas consecuencias que vienen tras de ellos, o la par de ellos.

Los ojos de la derrota de los niños son nuestros propios ojos, nuestros ocasos, nuestras caídas, nuestras pérdidas absolutas. Si no ganamos por ellos, habremos perdido todo. No convirtamos en rutinas lo que no debería existir. No aceptemos porcentajes en cifras de infamia o en puros desiertos de productividad en lugares lejanos. No lo hagamos, porque son evitables.

Sólo podremos asumir una excepción respecto a esto que decimos. Un niño puede llorar, claro que sí, pero sólo cuando lo haga de alegría y de emoción. Únicamente en ese caso no nos deberemos sentir unos fracasados. En el resto lo somos, y lo seremos.


Autor:  Juan Tomás Frutos

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