viernes, 13 de septiembre de 2013

Expediente Warren: The Conjuring

 


Lejos de amilanarse o de dormirse en los laureles del éxito, James Wan da un paso de gigante en su carrera con Expediente Warren: The Conjuring (2013), la que según este crítico es una de las mejores películas de terror de la última década.

Alguien debería considerar seriamente otorgar el título del rey del género -distinción que ha llevado durante años Wes Craven- a un realizador que despuntó sobremanera con Saw (2004), repitió éxito con Insidiuos (2010) y ahora parece asestar el golpe definitivo con, al igual que en ésta última, una nueva historia sobre casas encantadas. Son tres los aspectos fundamentales por los que este proyecto termina imponiéndose a sus anteriores trabajos: mayor solidez presupuestaria -Wan, por fin, se desprende de la etiqueta low cost que definía su carrera-, más tiempo de rodaje -lo que aquí se traduce como una mejor calidad técnica del conjunto- y, ante todo, el hecho de que el film esté inspirado en un impactante caso real, acaecido a comienzos de los años 70. El director malayo tira de hemeroteca para llevar a pantalla grande la investigación que los reputados parapsicólogos Lorraine (Vera Farmiga) y Ed Warren (Patrick Wilson) llevaron a cabo tras acudir a la llamada de una familia aterrorizada por la presencia de un ente demoníaco en la granja donde se han mudado. No obstante, Wan se toma algunas licencias narrativas, como la posesión del último tramo, algo que no ocurrió en la vida real. 

Muchos achacarán a Expediente Warren: The Conjuring que no invente ninguna regla en el terror o que se limite a aglutinar los mismos clichés y tópicos de otras producciones: sótanos misteriosos, puertas que se abren y cierran solas, bombillas que explotan sin explicación aparente, exorcismos, muñecas enigmáticas, armarios malditos... un consabido cóctel que exasperaría hasta al mayor aficionado al género de no ser por la robustez que demuestra Wan al frente del proyecto, por demostrar que en cine lo importante no es lo que se cuenta, sino el cómo se cuenta. El director da una clase maestra acerca de la importancia de la puesta en escena en el séptimo arte, preñando a su jugada de una naturalidad que nos permite trasladarnos directamente a esa casa maldita, como si fuésemos un habitante más. Culpa de ello la tienen técnicas tan efectivas como los planos secuencia -especialmente significativo resuelta el de la escena de la mudanza, en la que somos testigos de excepción de los avatares familiares- y el tiempo que se toma el guión para presentarnos a los personajes. Pero la gran baza del film es la cotidianidad de su trama; el sentir que lo que está experimentando la familia Perron nos puede ocurrir a cualquiera de nosotros. Gracias a esta esencia hogareña y a su absoluta falta de pretensiones, el personal se solidariza con este matrimonio y sus cinco hijas desde nada más subir el telón. A modo de anécdota, Andrea Perron, la mayor de las hermanas, escribió varios libros con las vivencias que experimentó en dicha lugar cuando tan sólo contaba con 11 años; manuales que sirvieron de inspiración para la película.
Wan despierta el interés del público en su película más madura hasta la fecha gracias a una progresión dramática casi asfixiante, combinando por momentos el terror con el suspense o la intriga. Esto se debe a que el realizador antepone el sugerir al mostrar; alejado lo máximo posible de la gratuidad, el director de Saw nos atemoriza con los miedos más extendidos del ser humano: la oscuridad, la invasión de la propiedad familiar, la inquietud ante presencia espectrales o el mero hecho de preguntarse qué puede esconderse detrás de una puerta... La película, que respira ese aroma artesano que la hace estar predestinada a ser un clásico moderno del género, está compuesta a base de golpes de efecto muy bien distribuidos, vehiculados en un relato que funciona se mire por donde se mire, construido sin complejos ni tabúes. Si dejamos de lado el afán de sus responsables por atemorizarnos, el film indaga en aspectos más profundos como la erosión de la unidad familiar, la quiebra de la intimidad doméstica, en colocar a sus roles ante una situación que no tiene explicación desde el punto de vista empírico o de hasta qué punto puede afectarnos el enfrentarnos contra algo que desconocemos.
Otro punto a destacar de una película que bebe de El exorcista (William Friedkin, 1073) o Al final de la escalera (Peter Medak, 1980) es su astucia al hilvanar el drama de los Perron con la historia particular de los Warren que, lejos de ser unos meros investigadores, se convierten en la otra mitad de la obra. Expediente Warren: The Conjuring es una película filmada a la vieja usanza, comedida en sus efectos digitales o en la excesiva sensación de cartón piedra en la que suele incurrir este tipo de producciones, que nace avalada con el sello de garantía de un director convertido por méritos propios en una de las figuras más a tener en cuenta de la última ola de Hollywood. Y sobre todo, lo más importante: da miedo de verdad. 

Autor: Pablo Sánchez
Twitter: @PabloSMartinez
Blog: "Se rueda"
 

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