sábado, 28 de septiembre de 2013

El valor de la escucha




De los que nos rodean aprendemos mucho. Nos cuentan, o nos pueden contar, sus experiencias, sus perspectivas, lo que hacen, sus triunfos, los que no lo son tanto… Hemos de recuperar esa visión.

La etapa que vivimos está llena de contradicciones, porque, como parece evidente, el ser humano también las tiene. Nos repetimos día tras día que ésta es la era de la comunicación, y, asimismo, nos reiteramos que, por saturación, a menudo se produce la paradoja de la incomunicación. No sabemos del otro, porque, cuando nos habla, no le escuchamos lo suficiente. Al otro le pasa igual. También es cierto que vendemos tanta superficialidad que dejamos a un lado lo verdaderamente importante. Puede que contemos qué somos, pero no quiénes somos. No queremos perder el tiempo, nos subrayamos, o bien preferimos optimizarlo de maneras que nos hacen, en realidad, no aprovecharlo como deberíamos.

El atender al otro, al vecino, al conocido, al que pasa diariamente por nuestro entorno, es básico para que sepamos lo que piensa, lo que le preocupa, lo que nos podría identificar con él, o a él con nosotros. Sin esa cercanía es difícil que conectemos. Son las prisas, son esas premuras, según nos imaginamos, las que hacen que no demos con las claves del acontecer cotidiano. Es una media verdad. Así nos va.

Sacamos partido urgente a lo que nos parece rentable e importante en el deambular diario. Otra vez las prisas por llegar. Lo que ocurre, por desgracia, es que hemos cambiado los patrones culturales y educativos, y nos parece relevante lo que, sin duda, no lo es tanto. Por eso surgen tantas melancolías y frustraciones en nuestras existencias, porque, como dice el protagonista de “El Protegido”, no hacemos lo que querríamos. Tampoco lo buscamos. Puede que nos pase como a los componentes de U-2: todavía no hemos hallado lo perseguido.

Un primer paso es, por ende, que sepamos lo que queremos hacer. Para tal aprendizaje hemos de empezar por nosotros mismos. Conviene que escuchemos a nuestras conciencias y corazones, y que no queden los sentimientos postergados o escondidos por las dichosas prisas o por éxitos que no nos satisfacen tanto como meditamos, o decimos…

En el mundo de la comunicación, de la saturación, del aprendizaje perpetuo, igualmente de la incomunicación, de las posibilidades de información, el silencio para escuchar a los otros puede ser una base para recuperar una posición más pro-activa en el proceso de intercambio de ideas, de datos y de experiencias. Probemos hoy mismo, que es cuestión de hábitos, de desarrollarlos, claro.

Aprender de otras experiencias es la base para rentabilizar el tiempo también, pues, así, podremos sacar partido a los éxitos y a los fracasos de los demás. Recordemos que, de esta guisa, se construyen las sociedades. Seamos valientes, justos, y hasta lógicos, y veamos que el valor está en que nos escuchemos todos. 




Autor:  Juan Tomás Frutos

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