viernes, 19 de julio de 2013

Crítica de cine: "West Side Story"





Pablo Sánchez nos trae una nueva crítica cinematográfica, en esa ocasión nos habla un clásico del cine, hoy hablamos de "West Side Story".

El argumento de Romeo y Julieta, de William Shakespearer, dos jóvenes amantes de diferentes clases sociales abocados a un trágico destino, ha servido de inspiración a multitud de películas. Robert Wise no fue ajeno a esta práctica y, antes de que dirigiese ese musical que ha quedado para la posterioridad llamado Sonrisas y lágrimas (1965), firmó otra de los grandes obras del género: West Side Story (1961), con el que consiguió un auténtico hito, al ganar no sólo 10 de los 11 Oscar a los que estaba nominada (destacando Mejor Película y Director), sino al conseguir también una de las más notables revisiones de la historia de amor clásica del escritor británico. Adaptación moderna de la historia de los Capuleto y Montesco, estamos ante una producción adelantada a su tiempo de ambiente típicamente neoyorkino que usa como excusa el romance entre dos jóvenes pertenecientes a bandas rivales, María (Natalie Wood) y Tony (Richard Beymer, un papel que estuvo a punto de ser interpretado por Elvis Presley) y hasta los propios números musicales para ofrecernos un relato donde se habla de temas tan variopintos como la rivalidad entre ambas callejeras , la rebelión de los jóvenes marginales y de familias desestructuradas en plena década de los 50, las continuas digresiones sociales –racismo y lucha contra la autoridad incluida- o los problemas de integración de los inmigrantes. Aspectos temáticos, todos, que estaban a la orden del día en la época en la que se desarrolla la película y que evocan a títulos como Semilla de maldad (Richard Brooks, 1955) o Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955).

La acción nos sitúa en las calles del West Side, un barrio marginal, deprimente y recóndito de Nueva York que se convertirá en el escenario donde dos bandas callejeras enemigas, los tiburones -puertorriqueños exiliados- y los jets -americanos con origen irlandés-, librarán todo tipo de enfrentamientos. Espectáculo vivaz y dinámico, sin apenas un minuto de respiro, el turbio clima que se respira de principio a fin no hace sino presagiar un fatal desenlace, lo que no quita para que la obra se entienda como un canto a la esperanza y a la fuerza de lo que significa enamorarse, gracias a canciones como Tonight o María. Así, tras esa especie de prólogo de media hora de duración -eminentemente masculino- en el que ya es palpable esa espiral de odio y violencia que se mantendrá a lo largo de la cinta, se presenta el amor como una enérgica fuerza capaz de derribar cualquier prejuicio social y étnico, mientras que el odio emerge como la herramienta más cruel para matar a una persona, más incluso que las armas de fuego. Son algunas de las lecturas morales de una película en donde hasta los propios números musicales, insertados con toda naturalidad, gozan de una gran función narrativa. Leonard Bernstein, que junto al coreógrafo Jerome Robbins conformó uno de los tándem artísticos más influyentes del S.XX –ambos habían trabajado previamente en la adaptación teatral de la novela-, fue el responsable de estas 14 canciones que se revelaron tremendamente innovadoras gracias a los diversos estilos que abarcaban: baladas, ritmos latinos, jazz… . De entre todas ellas, además de “I feel pretty”, sobresale la ácida y divertida “América”, ocasión donde el director aprovecha para ofrecer una estampa de la triste realidad de los emigrantes en Estados Unidos, un territorio no tan glorioso como creíanAnita (Rita Moreno, galardonada con el Oscar a la Mejor Actriz Secundaria), integrante de la banda de los puertorriqueños ofrece, gozosa y optimista, todo un recital de baile de una letra, no obstante, amarga, donde queda bien reflejada que, en la práctica, la libertad de la que pretendían disfrutar los exiliados era tan sólo un espejismo. Si a ello le sumamos que la integración social era toda una quimera, obtenemos como resultado la inexistencia del llamado sueño americano.
West Side Story destacó también por una temática y diálogos atrevidos –el intento de violación al personaje de Anita, con su incendiaria frase posterior: “Si viese alguno de vosotros en la calle desangrándose me acercaría para escupirle”, como uno de los máximos paradigmas-, y en los aspectos técnicos, por un revolucionario empleo del color, saturado y vivo, y unos soberbios títulos de crédito finales en forma de grafitis. Ni siquiera el hecho de que ninguno de sus dos protagonistas musicales supiesen cantar y bailar –a diferencia de otros musicales como Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2002) o Cantando bajo la lluvia (1950), donde los protagonistas no necesitaron ser doblados a la hora de interpretar las canciones-, ni su excesivo aire teatral –condicionado por el hecho de que la mayor parte de sus escenarios fueron decorados-, logra enturbiar un resultado final que roza la perfección. El hándicap de la película, como en muchos musicales, es, además de su excesiva duración, es que el valor cinematográfico de la parte musical es muy superior a la de la parte tradicional, que queda aplastada por la vigorosa y potente puesta en escena de unas actuaciones tan poéticas hasta el punto de transformar las propias peleas en bailes o una tienda de ropa en el escenario de una boda.
La película ganaría varios enteros si, además de evitar repetir canciones como Tonight, se hubiesen perfilado más unos personajes que no son precisamente el culmen de la sensatez –ahí está el inverosímil hecho de que María perdone a Tony al minuto de haberse enterado que él ha sido el responsable de la muerte de su hermano Bernardo (…)-, pero eso no quita con que nos podamos recrear en cómo la propia ambientación y localizaciones de la obra funcionan como un fiel reflejo de la personalidad de estos vehementes personajes: esos lúgubres callejones, esas fachadas fuliginosas y esa, en definitiva, penumbra en la que se desarrolla casi toda la acción está en perfecta sintonía con estas almas atormentadas, de futuro incierto. Además, esas vallas metálicas están filmadas de una forma tan particular que da la sensación de que no son más que una cárcel que mantienen atrapados a unas personas víctimas de su condición social, perfecta metáfora de un día a día en búsqueda constante de una luz capaz de guiar sus existencias. Al final, da la sensación de que lo único que tienen es lo único capaz de devolverles la libertad y, con ella, la felicidad: la música.



Autor: Pablo Sánchez
Twitter: @PabloSMartinez
Blog: "Se rueda"  

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